Tenía yo 20 años, acababa de salir de una relación de pareja y vivía en un piso compartido con un sueldo bastante indecente cuando se me acercó la madre de una amiga mía y me preguntó:

Kamila, tenías una casa agradable y vivías con esa gente tan encantadora… ¿estás segura de que no te estás boicoteando a ti misma? Porque parece que cada vez que eres feliz necesitas volver a empezar de cero.

Esas palabras, dichas con todo el amor del mundo, me hicieron reflexionar durante un tiempo, ¿realmente me estaba boicoteando? ¿Acaso tenía algún defecto dentro de mí que me impedía ver la felicidad que tenía delante y necesitaba una y otra vez salir corriendo? ¿Era realmente tan idílica mi vida y yo sola me buscaba y me creaba los problemas?

Entonces miré hacia atrás y contemplé mi relación desde la distancia: vi como si mirara por una ventana todos los momentos bonitos, las tardes acurrucados en el sofá, el viaje que me regaló por Navidad, la casa grande y cómoda donde vivíamos, las noches de juegos de mesa… Y pensé que ella tenía razón, que me había saboteado mi propia felicidad.

Pero si había sido un error, ¿por qué me sentía tan bien? Observé más detenidamente aquella ventana y vi cosas que me habían pasado desapercibidas a primera vista: me vi chillando de dolor, me vi llorando noche tras noche, grito tras grito, insulto tras insulto. Vi cómo me sentía poca cosa: poco inteligente, poco guapa, poco válida. Como me iba creyendo aquello de “yo no era así”, “yo era un buen chico”, “esto es culpa tuya”, “estás loca”.

Luego miré la otra casa, con el cuarto pequeñito donde se apilaban mis libros y mi ropa metida en un minúsculo armario, sin más sitio para estar que la pequeña cama: incómodo y triste a primera vista. Pero no a la segunda. Porque a la segunda vista podías ver una copa de vino y un libro de poesía dejado a medias, un mensaje de texto de alguien a quien acababa de conocer, el rastro de una carcajada recién terminada, una manta en el balcón llena de las estrellas que miraba feliz y libre cada noche.

Y respondí sin miedo a aquella pregunta.

No me boicoteo, simplemente he decidido no conformarme.

No pienso conformarme con menos de lo que merezco, quedarme con los gritos en vez de con las risas. Aunque suponga cambiar la casa grande por una habitación pequeña, y las Navidades con caviar por un plato de pasta cada noche. Aunque signifique trabajar 10 o 12 horas al día y renunciar a los viajes. Prefiero vivir así que volver a permitir que nadie me alce la voz.

Y tú, ¿te boicoteas o no te conformas?