Esta carta es para ti, aunque puede que nunca la leas o puede que la leas y no te sientas identificado. Creo que nunca te lo he dicho, pero eres la persona que fue mi amigo, aquella que me salvó la vida.

Apareciste cuando todo estaba hecho pedazos, me miraste las heridas aún sin cerrar y aquellas que ya estaban cicatrizando y no te asustaste. Porque tú eres así. Miras sin juzgar, das sin esperar mucho a cambio y te entregas sin dudar. Eso entre otras cosas, te hace tan especial.

Dicen que cuando escribes una carta debes imaginarte a la persona a la que se lo cuentas, pensar que la tienes delante y la miras a los ojos. Así que eso hago: te miro a los ojos y escribo todo aquello que nunca tendré el valor de decirte.

Me cogiste de la mano, de forma metafórica y literal. Cuando todos los demás estaban echando tierra al pozo en el que me encontraba para ver si conseguían enterrarme dentro, tú me ayudaste a salir. Quizás no lo habría conseguido sin ti. O quizás sí, pero habría sido más difícil y tú no estarías a mi lado hoy. Gracias por acompañarme.

Conseguiste también que por primera vez en meses no guardase nada afilado en la maleta y que hasta me atraviese a ponerme biquini sin sentirme juzgada. También por eso te doy las gracias.

Tú no me crees cuando te digo que no me conociste, sino que me creaste. No me conociste porque para conocer tienes que existir y yo no existía. Era apenas una sombra de mí, unas líneas que se desdibujaban en el aire, un soplo de aire gélido en el alma. Tú me volviste a pintar y me ayudaste a volver a existir. Gracias por darme color.

A tu lado había risas y música, mucha música. Volvieron a nacer melodías donde llevaba meses habiendo silencio, y mi voz antes muda y ahogada por las lágrimas se volvió a escuchar en las calles empedradas.

Por todo eso y por mil cosas más: por no soltarme, por buscarme, por ser tú:

Gracias.